Crear, idear, alumbrar,... son verbos que definen la capacidad de realización, el levantar una mano con un pincel y dejarte llevar, que sean los trazos sobre un lienzo, sobre un papel, lo que te defina en ese preciso instante.
Hay mil formas de pintar, mil técnicas mediante las que una persona se puede expresar, y después, esa creación, esa idea, será la que hable por nosotros, la que exprese nuestros sentimientos, la que piense por nosotros cansados de pensar, la que defina nuestro estado de ánimo, con la que, dentro de un tiempo, quizás días, meses o años, podamos mirar atrás y saber qué pensábamos en ese momento, de la que nos sintamos orgullosos, ya no por los colores, por el tiempo transcurrido hasta su nacimiento, sino por el valor que nosotros le damos.
Un lienzo, un cuadro, una pintura, es elegancia en el trazo, es generosidad en el color, es imaginación en estado puro, es pasión por el momento, es goce y disfrute por los minutos transcurridos ante ella,...
Regalarlos es regalar una parte de nosotros, amar a quién se lo damos, creer en su depositario, valorar a su receptor, querer su exhibición, mostrarte por dentro, demostrar capacidad para desprendernos de algo que adoramos, algo creado por encima del tiempo y del espacio que siempre, a pesar de todo y de todos, estará ahí.
Una pintura es un poema sin palabras.